UN RÍO NEGRO DONDE GOBERNAR SEA SERVIR, NO SERVIRSE

Hay algo profundamente injusto en la forma en que se está discutiendo hoy el tema de los contratos en la Intendencia de Río Negro. Porque lo que está en juego no es una cuestión administrativa ni laboral, sino algo mucho más profundo: un modelo de poder basado en los acomodos y los privilegios.

Durante años, cargos de confianza —que por definición deberían cesar con cada cambio de gobierno— fueron utilizados como botín político. Personas designadas “a dedo” en función de vínculos partidarios o personales, y no por méritos o capacidades. Y como si eso no fuera suficiente, en los últimos meses de la gestión anterior se firmaron contratos extendidos hasta 2026, con el claro objetivo de blindar a los propios, dificultar el recambio y dejar atadas las manos a quien viniera después. ¿Eso es legal? Probablemente no. ¿Es ético? En absoluto.

Lo más grave, sin embargo, no es la viveza en sí. Es que ahora se intenta presentar como víctimas a quienes fueron beneficiarios de ese sistema. Se los muestra como trabajadores cesados, cuando en realidad eran cargos políticos temporales. Se los rodea de pancartas y se agita el discurso de la persecución, como si el acomodo fuera un derecho adquirido.

El problema de fondo no es nuevo. Río Negro viene arrastrando años de estancamiento, frustración y desilusión. Y una de las causas centrales —aunque algunos prefieran no decirlo— es justamente este modelo de reparto discrecional, que convirtió a la Intendencia en una agencia de colocaciones partidarias. Mientras tanto, el desempleo creció, la caminería se deterioró y los servicios básicos se volvieron un lujo.

¿No es hora de decir basta? ¿No es tiempo de que los cambios que la gente votó se puedan ejercer sin culpas ni escándalos prefabricados?

Llama la atención que quienes hoy se rasgan las vestiduras por estos ceses no hayan dicho una palabra cuando se firmaban contratos dudosos, o cuando se nombraba gente sin concurso ni criterio. Más aún, muchos de ellos fueron parte de ese mecanismo, lo avalaron y se beneficiaron de él.

No se trata de nombres. Se trata de una lógica que debe terminar. Porque si no se corta con el acomodo, no hay renovación real posible. Río Negro necesita un nuevo tiempo. Uno en el que las oportunidades se construyan, no se repartan entre amigos. Uno en el que el Estado sea de todos, y no de unos pocos.

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